Habíamos
llegado al nacimiento de la “Fuente de San Juan”. Toda la pandilla disfrutaba
aquella tarde de primavera por no tener que volver al instituto hasta el lunes
siguiente. Pero yo -lo sé- disfrutaba más que nadie, más que todos los demás
juntos.
Las paredes
de roca tomaban una forma cóncava y hacían entrada a una cueva; el agua manaba
cristalina lamiendo las piedras redondeadas y el esponjoso musgo. Fina se había
sentado junto a mí en una de las rocas sobre el agua. Tenía el cabello bastante
largo, de un rubio muy claro, como los ojos, también de un color claro. La
nariz era pequeña, puntiaguda y levantada,
como si quisiera mirar al cielo; sus manos, tersas de por sí, se sumergían en
el agua y se volvían de una apariencia vidriosa.
Alzó la
vista y fijó sus ojos en los míos, como si quisiera decirme algo. Quedé
sobrecogido, extático... Hasta que sobrevino el marasmo: - ¿Por qué tienes
tantos granos?