Para acercarnos al Quijote... de otra forma
Con frecuencia, con más de la deseable, hemos leído y oído que lo que
pretendió Cervantes al escribir su novela fue lanzar una crítica contra las
novelas de caballería, poniendo en aborrecimiento de los hombres [estas]
fingidas y disparatadas historias e intentando derribar la máquina malfundada
destos caballerescos libros (IIª parte, cap. LXXIV).
Sin duda es una afirmación que no nos invita a acercarnos a la lectura
de la obra, pues, a diferencia de los lectores de los siglos XVI y XVII, a
nosotros, el subgénero de la narrativa caballeresca, que entonces estuvo tan de
moda, no nos dice nada. De modo que una crítica que la tenga por objeto, nos
dejará igualmente indiferentes.
Pero la esencia de don Quijote de
la Mancha es distinta, y se trata de una novela rica y variada, como variados
son los gustos de los lectores y las formas en que podemos acercarnos a él. El
Quijote puede leerse, si se desea por capítulos, o por aventuras, que son
muchas y muy diversas, porque, como dice Daniel Pennac, profesor y escritor en
lengua francesa, todos tenemos derecho a leer los libros “a trozos”, y a
dejarlos también cuando nos parezca, aun a riesgo de no acabarlos. En
consecuencia la lectura del Quijote no tiene que empezarse en el capítulo I de
la primera parte (ni acabarse en el setenta y cuatro de la segunda). Ésta puede
ser una buena manera de no temerlo.
Otra razón para acercarse a él es el humor. Del contraste nace la risa
y de ella hay mucho en esta novela. El contraste entre don Quijote y Sancho es
grande, el caballero, que se alimenta de fantasías y recuerdos imaginados e
idealizados, busca un escudero para quien el hambre, la sed o el sueño – dormir
un poco sobre la fresca yerba, un buen trozo de queso o un trago de vino—son
preocupaciones no pequeñas, o para quien “pensar en no hacer lo que tenía gana
tampoco era posible”, de manera que
poniendo “al aire entrambas posaderas…” libera “la carga que tanta pesadumbre
le había dado”. Sancho nos produce risa, es cierto, pero su candidez y su
lealtad lo enaltecen de manera que nos impide la burla. Porque a la vez es
mucho lo que los une, la complicidad entre ambos se forja con la mucha
conversación y el mucho trato. Así, a la hora de dormir, estando juntos en el
bosque, Sancho entrelaza su pierna con la de don Quijote porque siente miedo y
don Quijote le pide un cuento a Sancho (Iª parte, cap. XX). Y la honestidad y
la lealtad que antes apuntábamos asoma con frecuencia por la boca de Sancho
...
antes tiene una alma como un cántaro; no sabe hacer mal a nadie, sino bien a
todos […] un niño le hará entender que es de noche en mitad del día, y por esta
sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle... (IIª parte, cap. XIII)
El contraste también lo vemos en el humor malicioso que aparece en la
descripción de Mari- tornes, fregona en una venta que se ha convertido en
placer de caminantes, es ella
ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo
tuerta y del otro no muy sana […] no tenía siete palmos de los pies a la
cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, le hacían mirar al suelo
más de lo que ella quisiera... (Iª parte, cap.
XVI)
Pero ese perfil de su físico, cede paso de inmediato al psicológico,
cuando acude en auxilio del pobre Sancho al que acaban de mantear, comprándole
de su bolsillo un vaso de vino que es la única medicina capaz de devolverle el
ánimo; una pobre criada que gasta sus dineros para aliviar las dolencias de un
huésped.
No obstante el humor y la bondad que derrocha el libro, el esqueleto
argumental es el hecho de que el protagonista haya perdido el juicio, locura
que nos desconcierta en numerosas ocasiones a lo largo de la novela (dirá don
Quijote “yo sé quién soy” -Iª parte, cap. V). Se trata de un
loco ingenioso, como lo llama el
propio autor o un loco entreverado –
como lo llama un personaje que departe con él sobre poesía y literatura en
general –.
O cuando dice don Quijote: “...cada
uno es artífice de su ventura”, no
se trata sino de una afirmación, junto con la anterior, que suponen confianza
en la libertad que debe ostentar el ser humano, para su bien, sintiéndose autor
y responsable de sus propias obras; defensa de la libertad de elección, de la
libertad de pensamiento y de la libertad de actuación. Ejemplificación de todo
ello aparece en el desenlace del episodio de Marcela y Grisóstomo (Iª parte,
cap. XII – XIV), reivindicación que, además, se pone en boca de una mujer – ¿cabe mayor mérito? –
...Yo nací libre, y para poder vivir
libre escogí la soledad de los campos[...] no me llame cruel [...]aquel a quien
yo no prometo, engaño, llamo ni admito [...] tengo libre de condición y no
gusto de sujetarme [...] (Iª parte, cap. XIV).
Además aparecen otros valores como la solidaridad
Dichosa
edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de
dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto
se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque
entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.
Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes (Iª parte, cap. XI)
La novela es compleja, en ella aparece todo lo que discurre por la
vida misma, porque Cide Hamete Benengeli, el narrador árabe que Cervantes
inventa para dar color de verdad a su historia, lo describe todo. En efecto es
un narrador
“...muy
curioso y muy puntual en todas las cosas, y échase bien de ver, pues las que
quedan referidas, con ser tan mínimas y
tan rateras, no las quiso pasar en silencio, de donde podrán tomar ejemplo los
historiadores graves, que nos cuentan acciones tan corta y sucintamente [...]
dejándose en el tintero [...] lo más sustancial de la obra.” (Iª parte, cap. XVI)
Y este contarlo todo coloca a
todos los personajes, incluido el narrador, en unas posiciones muy
alejadas al dogmatismo,
habitual por otro lado, en la España de la época, y del que hacían gala las clases
aristocráticas y el vulgo irresponsable. La obra presenta la realidad en toda
su multiplicidad de aspectos, porque los seres humanos somos diferentes (“quot
homines, tot sententiae”, escribió el dramaturgo Terencio en su obra Phormio).
Cervantes presenta así el ser pero no
dogmatiza sobre el deber ser, y si
alguna vez se plantea éste, es de una forma muy positiva, para presentar el
ideal de relación que debe imperar entre los seres humanos. La amistad de don
Quijote y Sancho bien lo pone de manifiesto. En la novela aparece así todo lo
que hace al ser humano amable – en el
sentido etimológico de la palabra, es decir, digno de ser amado –.
Nacho Sánchez


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